20 julio 2026 / por Orliana
Por Paz Marticorena, Consultora y Coach Senior de Newfield Consulting
Durante gran parte del siglo XX, las organizaciones operaron bajo una premisa que hoy resulta completamente disfuncional . Un modelo heredado de la Revolución Industrial y de la optimización del trabajo manual de Frederick Taylor, cuya palanca fundamental era la autoridad formal: el viejo estilo de mando y control. En ese ecosistema, la figura central era el «gerente-capataz», alguien encargado de dictar instrucciones rígidas, supervisar presencialmente el cumplimiento de las tareas y vigilar que nadie se apartara del guión establecido. El error era el enemigo absoluto; el miedo, el combustible invisible .
Pero el mundo físico cambió, las pantallas reemplazaron a las fábricas y, de pronto, llegó el entorno híbrido .
¿Qué hicieron muchos líderes criados bajo el viejo paradigma? Ante la imposibilidad de vigilar la silla vacía en la oficina, intentaron digitalizar la desconfianza . El control mutó: ahora se mide de forma obsesiva el color del estado en Teams o Slack, se exigen reportes interminables y se fiscaliza el minuto a minuto de los colaboradores .
Es el nacimiento del capataz digital, un estilo de gestión que no solo es ineficaz, sino que está destruyendo el rendimiento de las compañías .
Las principales escuelas de negocios del mundo llevan años advirtiendo este quiebre . Investigaciones de la Harvard Business School han demostrado sistemáticamente que la calidad de las conversaciones internas y el tejido relacional de una empresa están directamente correlacionados con su desempeño financiero y operacional. No es una casualidad metodológica; es una generalidad estructural de las organizaciones.
Cuando el célebre experto en management Warren Bennis analizó el comportamiento de los trabajadores del conocimiento, descubrió un dato escalofriante: en promedio, estos profesionales solo entregan el 20% de su potencial real a sus empresas. Al preguntarles cuál era el principal obstáculo para liberar el 80% restante, la respuesta fue contundente: «Mi jefe. Si me permitiera hacer lo que yo sé y puedo hacer» .
En la era híbrida, el control punitivo actúa como un bloqueador cerebral . El miedo estrecha nuestra perspectiva visual y focaliza la mente únicamente en sobrevivir o huir de la amenaza, anulando por completo la creatividad, la innovación y la capacidad de aprendizaje. Con el trabajador de conocimiento, el jefe ya no posee el monopolio del saber; sus subordinados suelen saber más que él en sus respectivas áreas de experticia. Si se insiste en dirigir mediante la imposición, el óptimo desempeño se desploma.
Como bien señala el filósofo chileno y fundador de Newfield Consulting, Rafael Echeverría, «la gerencia del conocimiento requiere ser complementada, y superada, por la gerencia de conversaciones». Desde la perspectiva de nuestra escuela ECORE, concebimos a la empresa no como una estructura mecánica de tareas, sino como un sistema conversacional vivo: una red dinámica de conversaciones en constante interacción con su entorno.
«Los resultados que obtenemos en la vida son consistentes con el tipo de observador que somos» .
Si un líder sigue observando el entorno híbrido con los lentes de la sospecha, sus acciones diseñarán un hábitat de desvinculación. Por ello, el rediseño del liderazgo exige transitar urgentemente del «gerente-capataz» al gerente-coach.
Este giro copernicano implica que la autoridad ya no se sostiene en el cargo o el título formal, sino en el despliegue de competencias conversacionales genéricas. En los entornos híbridos, donde no compartimos el mismo espacio físico, la coordinación de acciones depende exclusivamente de la impecabilidad de nuestras promesas, peticiones y ofertas.
Alicia Pizarro Domínguez, socia fundadora de Newfield Consulting, enfatiza la necesidad de un cambio estructural en la escucha del líder: «Ya no basta con la escucha activa del siglo XX; el entorno actual exige una escucha ontológica».
Esta modalidad superior de escucha implica que el líder está dispuesto a abrirse y a dejarse transformar por la palabra de su equipo. Implica, además, elevar los niveles de conectividad del sistema, que es la capacidad de afectación mutua entre los miembros para multiplicar la inteligencia colectiva del equipo.
Para ilustrar este quiebre de paradigmas, Alicia Pizarro Domínguez suele compartir una experiencia corporativa real de consultoría:
Al ingresar a la oficina del director ejecutivo de una gran compañía, llamó profundamente su atención un perchero donde colgaban unos muy elaborados guantes de boxeo blancos y rojos . El líder, al ver su expresión, sonrió y disparó una frase lapidaria: “Eso es para que sepan a qué vienen aquí. ¡Aquí se viene a pelear!” .
El ejecutivo estaba angustiado porque sentía a su equipo directivo apático frente a un mercado hipercompetitivo. Su estilo directo y agresivo había construido un muro de resistencia; lideraba desde la presión y el mandato jerárquico.
Newfield Consulting diseñó un taller enfocado en las necesidades relacionales del equipo, abriendo espacios para la escucha y la conectividad. El resultado inmediato fue un aplauso de pie por parte del equipo el viernes; sin embargo, el lunes siguiente llegó un correo cancelando de raíz el contrato .
¿Qué había ocurrido?: Al no integrar adecuadamente la mirada del líder dentro de la dinámica sistémica, la intervención fue interpretada bajo el «efecto Espartaco»: el equipo sintió que era la hora de su liberación frente a la tiranía del control, el líder percibió el movimiento y cortó el proceso.
Esta dolorosa lección nos demostró que el trabajo del consultor y del líder coach no es dividir el sistema entre «esclavos y capataces», sino tejer puentes, generar redes de conversaciones que incluyan al líder y desarrollar una autonomía responsable. Se trata de transformar el lema de «aquí se viene a pelear» por el espíritu de nuestra época: «aquí se viene también a crear».
Para que las organizaciones dejen de sangrar talento y capturen el 80% del potencial oculto de sus profesionales, la consultoría de Newfield Consulting propone tres intervenciones urgentes :
La famosa investigación de Google conocida como el Proyecto Aristóteles concluyó que el factor número uno en el desempeño de los equipos de excelencia es la seguridad psicológica (o protección emocional). Los líderes robustos en inteligencia emocional construyen entornos libres de represalias, donde la gente se siente segura para opinar, disentir y crear. El miedo paraliza; la confianza se expande .
En el modelo Taylorista, el error era severamente castigado. Pero en el trabajo del conocimiento, donde se exige innovación constante, el error debe ser legitimado y puesto al servicio del aprendizaje continuo. Si purgamos el error, matamos la capacidad de arriesgar e improvisar frente a la incertidumbre.
Chris Argyris demostró que uno de los mayores drenajes de productividad en las empresas son las «rutinas defensivas», patrones estables donde los miembros piensan una cosa de manera privada pero dicen otra en el espacio público por temor a la vulnerabilidad . El líder-coach debe ser un guardián de la transparencia, abriendo espacios de indagación genuina para hacer conversable aquello que hoy es «inconversable» dentro de la organización.
En Newfield Consulting, creemos firmemente que el management del siglo XXI no consiste en obligar o manipular la conducta ajena mediante la autoridad formal o el control punitivo; sino que consiste en hacernos, “a nosotros mismos”, personas mejores.
En un entorno volátil, complejo e híbrido, el verdadero poder no reside en los organigramas rígidos, sino en nuestra capacidad para tejer redes de compromisos basadas en el respeto mutuo, la dignidad y la confianza protectora.
Creemos que para liberar el potencial de los profesionales de la era del conocimiento, resulta imperativo transitar urgente desde el viejo modelo de «mando y control» liderado por un «gerente-capataz» hacia la figura de un «gerente-coach». Este cambio exige el desarrollo de competencias conversacionales genéricas para coordinar acciones y de cultivar competencias y escucha ontológica que permita elevar la conectividad, autonomía responsable y la inteligencia colectiva del equipo.
Al mirar la dinámica actual de sus equipos híbridos, ¿qué porcentaje de su tiempo están invirtiendo en supervisar mecánicamente procesos frente a cuánto dedican a diseñar un hábitat de confianza conversacional? ¿Qué conversaciones están dejando abiertas o callando hoy, que podrían comprometer la viabilidad de sus organizaciones mañana? .
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